domingo, 16 de marzo de 2014

La casilla



Paseaban sin prisa cogidos de la mano bajo el sol, por una carretera zigzagueante que miraba hacía el oeste, el campo ya olía a primavera; llegaron después de un buen rato a la "casilla", lugar situado al borde de la carretera donde transcurrieron muchos veranos y domingos, donde la familia entera se reunía bajo la sombra de las moreras, él se acordaba de aquellos ratos inolvidables; del olor al guiso que hacía su abuela, cuando paseaba a los más pequeños en su carrito, los hijos de su tía, la mujer de su tío postizo que era caminero y por eso vivían en ese sitio, en medio del campo; cuando la carretera era una recta interminable hasta Toledo. Aquellos veranos llenos de grillos y de calor suavizados por los baños en el arroyo cercano, los paseos al vivero a tiro de piedra de allí, ahora desparecido bajo una enorme autopista y otro vivero de pacotilla había sido colocado en su lugar; el de su infancia tenía una entrada majestuosa bordeada de magnolios relucientes en primavera;  también se acordaba de las caminatas al caer la tarde, hasta la junta de los ríos, escoltados por una nube de mosquitos.

Ahora el lugar era un basurero, una completa ruina, habían arrancado las rejas, las puertas y quemado las paredes; ascendió al piso superior para ver la chimenea en la cual tantas veces se había calentado, donde su tía había colocado una carroza en miniatura de cristal que tanto le había fascinado, donde había un lilo,  un huerto por el que correteaba el agua que hacía crecer a las patatas, donde...

Toda esa infancia se  había convertido en escombros pero de la que reconocía de lejos algún retazo al que aferrarse para seguir caminando. Continuaron cruzando el puente sobre la carretera general que había partido en dos aquel silencio inmaculado bajo el cual a su paso salieron un grupo de palomas blancas, no todo era malo  pensaba con la mano agarrada a la de ella y siguieron la recta interminable hasta ganar la noble entrada de La Flamenca, coronada  por dos  esbeltos jarrones,  arropada por robustos  y altivos plátanos de sombra,, que  distinto aquel paseo  inpoluto cuando su tío le llevó  hasta lo alto, donde se encontraba el  palacio  ducal guarnecido de vegetación; el sol seguía en lo  alto y  el silencio era el dueño y señor de la  tarde, solo  interrumpido por algún coche  que  pasaba.

Regresaron lentamente como habían venido y  pensó: "Nunca regreses a donde un día fuiste feliz, pues ni  tú eres el mismo, como tampoco el lugar  testigo de lo ocurrido  y  que  ahora  trataba de rememorar en vano",


GREGORIO GIGORRO
"Al sol"
Tinta sobre papel
Firmado y fechado en 2014
Medidas: 14,5 x 14 cm



En Aranjuez a 16 de marzo de 2014

martes, 11 de marzo de 2014

El azar


Nuestro príncipe se encontraba ensimismado frente a la ventana desde la que se veía la pared abrazada por  la hiedra, por donde revoloteaban jugueteando con las hojas un tropel de mariposas. Viendo el cielo azul cobalto, recordaba lo mucho que había rogado a sus padres para que le dejaran bajar a este planeta desde la lejana estrella que habitaban.

Por azar había caído sobre sus manos un libro dedicado a la decoración  de una pequeña iglesia donde  se representaba el cielo plagado de ángelas y ángeles alrededor de un señor que llevaba una especie de sombrero redondo y amarillento, hacia el que se dirigían todas las miradas absortas de un grupo numeroso y variopinto de personas.

Recibió tal arrebato al descubrir aquellas imágenes, que resolvió ir allá donde se encontrara esa obra pintada al parecer  por un terrícola, hacía más de doscientos años; después de muchas conversaciones con sus padres los cuales desaconsejaron el viaje, tanto se empeñó,  que ellos cedieron ante el  joven entusiasmo de  su hijo.

Y llegó a la tierra  y tomó la apariencia de un estudiante de arte, venido de un país que carecía de dicha tradición. El choque de nuestro príncipe fue brutal tras descubrir el ruido de las personas que se trasladaban en máquinas inmundas  y malolientes, desplazándose de un  lado a otro deprisa  y a gritos, de como vivían apilados unos  encima de  otros, consumiendo mucho tiempo en comer, comprando cosas y más cosas que luego tiraban una vez usadas;  y sobre todo, le sorprendían sus  caras tristes, histéricas, alegres, pensativas...
Aquellos frescos pensaba merecían  la pena, pero lo demás dejaba mucho que desear, mientras que  los gatos sentados le escrutaban, él les devolvía su  fosforescente mirada diciéndose que eso también merecía la pena, al igual que el canto de las aves que los  humanos se empeñaban  en guardar entre rejas  impidiendo su natural vuelo. Él, venido de un mundo en el  cual predominaba el silencio  y el bienestar, donde se había anulado  todo sentimiento de culpa, también de amor y desamor, en el que el tiempo no lo medían los relojes, esos trastos que tampoco acertaba a saber su verdadera utilidad, para él los días y las noches lo regían los astros, no los inventos humanos que según su opinión conspiraban contra la vida, no ayudaban a vivir plenamente sino a ser  esclavos de si mismos .

Pero al final de todo lo que constataba a su alrededor siempre volvía aquel espacio magnífico  y sobrecogedor, donde reinaba la paz y la  armonía en medio de aquella ciudad bulliciosa, solo  y solamente disfrutaba de la  calma del lugar, lo cual le colmaba con creces todo el  resto.


GREGORIO GIGORRO
GREGORIO GIGORRO
"Boceto para la gracia"
Acrílico y tinta sobre cartón
Firmado y fechado en 2014
Medidas: 60 x 40 cm



En Aranjuez a 11 de marzo de 2014