Cuatro días en la capital de la Lombardía dan para dejarte seducir, sorprenderte por lo nuevo, lo desconocido, parándote en cualquier sitio, una calle curiosa, sentarse en un parque, hablar con cualquiera, equivocarte de tranvía..., siempre huyendo de lo marcado por el turismo convencional.
Milán es una ciudad opulenta, elegante, dinámica; verdadero motor de la economía italiana aunque le viene de lejos. La estación central de arquitectura colosal te da la bienvenida al llevar de Malpensa uno de los aeropuertos con que cuenta para desembocar en una amplia plaza en la cual descolla el rascacielos Pirelli recordando de lejos al Flatiron neoyorquino, de dicha plaza parte una avenida de edificios modernos, sobrios con la misma altura y soportales hasta desembocar en la plaza de la República, nudo de comunicaciones; los tranvías amarillos de interior de madera y su ruido machacón dan la nota de otro tiempo.
Es callejear hacía el centro descubriendo hermosos palacios entre edificios actuales, tambien es un centro relevante de moda y diseño, salpicado de tiendas con cuidados escaparates, en este sentido es llamativo el cuadrilátero formado por las calles Montenapoleone, Spiga, Manzoni..., donde se dan cita las marcas como Fendi, Armani, Ferragano, Dolce Gabbana pero no se trata solo de ropa porque no se puede perder las zapaterías, joyerías, perfumerías, galerías de arte, tiendas de decoración, como tampoco olvidar museos de la talla de la pinacoteca Ambrosiana o la de Brera.
Una urbe donde convive la tradición y la modernidad sin problemas porque la vida no se para.
Lo mejor de Milán es perderse y de pronto descubrir una fachada modernista en una calle desierta mientras comienza a llover, hablar en una galería de arte un rato con el dueño mientras ves una exposición, echarse unas risas con unos chicos tomándose una cerveza al lado del teatro de la Scala, por cierto te sobrecoge ver el estado en que quedó debido a los bombardeos durante la segunda guerra mundial al mismo tiempo te emociona ver el interior, rememorando las voces de los mejores del bel canto no obstante vimos poco ya que la sala estaba oscura pues había una prueba de luz y sonido, al otro día se estrenaba Nabucco ni que decir tiene que las entradas se habían agotado.
También es entrar en cualquier iglesia o establecimiento, darte un respiro en el bar Brera a un paso de la pinacoteca del mismo nombre , soberbio edificio que custodia obras tan importantes como El Cristo yacente de Mantegna o Los desposorios de la Virgen de Rafael, es un museo particular, puedes disfrutar de buena pintura italiana, ver como restauran obras o dibujar, pues hay a disposición del visitante asiento, lápiz y papel en algunas salas.
Sentir el órgano rotundo del Duomo y asistir a misa cantada, todo un gustazo en aquella mañana soleada para continuar después hasta las terrazas de dicho monumento adornado literalmente de agujas, unas 135 coronadas por estatuas que a su vez decoran todas las fachadas de esta catedral gótica comenzada en el siglo XIV y cuya construcción se dilató hasta bien entrado el siglo XX.
Desde lo alto a tus pies está la Gran plaza llena de gente, la Galería Vittorio Emanuele, primer centro comercial donde se utilizó por primera vez el cristal y el hierro; desde arriba divisas toda la ciudad y hasta en los días claros puedes ver los Alpes Suizos.
Pero lo que realmente me conmovió fue El cenáculo de Leonardo es sencillamente genial sin olvidarme por supuesto de citar el castillo Sforzesco, el delicioso paseo por el parque Sempione o qué decir de las basílicas de San Lorenzo, San Ambrosio, San Eustorgio..., en fin no quiero cansarles aunque solo fuera para ver la obra de Leonardo volvería mañana mismo y porque además insisto es la ciudad de la moda, se ve en la calle, en sus gentes elegantes hasta para ir al comprar el pan o montar en bicicleta.
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| GREGORIO GIGORRO Cuaderno milanés 2026 En Aranjuez a 5 de julio de 2026 |






