Así se llama, una mujer joven de ojos vivarachos, mirada serena se disponía a dar las explicaciones pertinentes sobre el Museo que visitamos un reducido grupo.
Antes de comenzar nos dijo: Soy ciega, sin mover una ceja, el silencio se hizo más patente si cabe. Se me encogió el corazón mientras ella se encontraba tan tranquila, dueña de sí misma; por cierto el mencionado Museo del Mar era una antigua escuela de principios del siglo XX que fue sufragada con 60.000 pesetas enviadas por un Señor desde el otro lado del charco, de origen gallego para más señas, todo para que los niños aprendieran y así estuviesen un poco más preparados cuando llegara la hora de partir a otras tierras.
Pero después de este inciso necesario hay que contar que la explicación fue tan amena como aleccionadora, lo mismo que otro compañero de viaje quise estrechar su mano dándole mil gracias por su cometido y por ser como era.
Salí a la calle, sentí profundamente el olor a yodo, a sal, el viento fuerte me daba en la cara, sentía el calor por dentro y por fuera.
Ella no vería las calas al borde de un mar azul y bravío, tampoco las chimeneas de las fábricas que había al borde del agua.
Ni sentiría la bruma en la Estaca de Bares, los abruptos acantilados seiscientos metros bajo tus pies,
Pero sí podía sentir el olor de la hierba, de los eucaliptus, la fragancia de las glicinias.
No verá el vaivén de las mareas, la recortadas camelias que adornan las casas o los paseos, tampoco la vista de pájaro desde San Roque como si fuera un inmenso belén sobre la ría, da igual la que sea pues todas son hermosísimas.
Cómo explicar a un invidente el rojo de un atardecer, el verde de los prados, un estampado de flores, un caballo corriendo... si nunca los ha podido ver.
Cuando uno adolece de algún sentido desarrolla los otros mucho más, ya sea el olfato, el tacto o el oído y sino que se lo digan al maestro Rodrigo era todo oídos y sensibilidad mientras sus ojos correspondían a las de Victoria Cami su esposa, porque por encima de todo está la vida y uno se aferra al menor resquicio, a la mejor manera que sabe para aferrarse a ella.
Por ello María es un ejemplo no el único porque quiere vivir a toda costa, quiere sentirse útil, lo más normal en este caso es reconocer su labor, su actitud que no deja indiferente al contrario. Cuántas personas sin carecer de ningún sentido no los aprovechan tanto como ella pues todos somos un poco ciegos de alguna manera y vamos dando palos de ciego valga la redundancia en esta existencia que solo da para ser aprendices, que conste que esto último lo dijo Charles Chaplin.

Ojo: Rosas de las que huelen
En Aranjuez a 20 de abril de 2026
Lección de vida la de María 👌 y qué bonitas tus rosas, seguro que huelen de maravilla!!!
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