Aquella mañana de abril era resplandeciente, la procesión de San Marcos adornado con flores salía de la iglesia, la banda de música tocaba; para ella era la cita ineludible de cada primavera, desde pequeña había acudido junto a sus padres y hermana a Santa María del Tiétar, un pueblecito de Ávila.
Bajando la calle le brotaron un montón de recuerdos, siendo aún muy pequeña se fijaba en los llamadores de bronce de las puertas, en las copas que coronaban las tapias de algún jardín, en las placas cerámicas de un azul cobalto subido de tono enmarcando a la Virgen y el Niño, las sabrosas magdalenas del Señor Julio después de corretear entre los arroyos que atravesaban el caserío desde la sierra de Gredos.
Sintió una emoción profunda al darse cuenta que todo aquello que amaba, que le quitaba el sentio venía precisamente de allí.
Rememoraba los baños en la piscina de la Loli ahora sepultada bajo un bloque de pisos feos, muy frecuentes en tantos pueblos, las visitas para comprar leche en casa de Matilde pues había vacas en los prados, actualmente muchos de ellos sembrados de chalets.
Pero todo aquello fue languideciendo, los habitantes se hicieron viejos, había pocos niños, la gente emigró a la ciudad y el campo se quedó solo, no obstante los mejores recuerdos del pueblo de sus abuelos los guardó a cal y canto para siempre.
Aquellas personas volvieron, otras, forasteros construyeron segundas residencias entre el verdor del pinar o urbanizaciones en las afueras del pueblo, éste se llenaba los fines de semana, mal que bien la vida era animada esos días, a falta de la creación de puestos de trabajo.
Por cierto para abastecer de agua a tanta casa con piscina se construyó una presa en la parte alta del monte por lo tanto los arroyos dejaron de recorrer las calles.
La fiesta continuó en la plaza con rosquillas y limonada al son de la música como Dios manda, nadie bailaba, los niños brillaban por su ausencia, del Ayuntamiento salían los invitados de una boda árabe, ellos si reían, cantaban ajenos a lo que se celebraba delante de sus narices.
Es llamativo percatarse que aquellos que levantaron el pueblo, Castilla entera, ironías de la vida, ¡con lo que ha supuesto esta región para todo el país! resulta que es la gran olvidada, ellos que se levantaron después de la guerra ahora aquí como allá son los olvidados. Por el contrario a otros de culturas diferentes más bien dispares se les acoge y se les colma de facilidades, habiéndose encontrado todo muy mejorado. Si no se remedia serán el relevo en una tierra de la que ignoran su historia, cultura, sus costumbres y su idioma, de la que sin embargo se benefician.
Lo que no cuesta trabajo no se valora se da por hecho y que conste que nada es blanco ni negro, la realidad es que la la llamada integración social es muy díficil aunque haya excepciones.
Por el contrario si hablamos de las personas hispanoamericanas es harina de otro costal pues son cercanos a nuestra cultura, hablamos la misma lengua, tenemos una forma de vivir muy cercana; basta con darles trabajo para que la integración se consiga.
Mientras tanto aparte de mucha verborrea y buenismo no se hace nada firmemente para solucionarlo, vamos cuesta abajo y sin freno.
"Es lo que hay" se dice, lo que denota cierta resignación.
Un día seremos como el lobo y caperucita pero lamentablemente será tarde a tenor de lo que ya sucede en nuestro entorno.

Placa cerámica de la Virgen del Sagrario
Siglo XIX
En Aranjuez a 6 de mayo de 2026