domingo, 28 de junio de 2015

La Pavera



Se encienden los colores anaranjados de la tarde, los reflejos del agua se vuelven más amables, miran al rio desierto de gente, sólo un perro intrépido se aventura a darse un baño mientras le observa su dueña.
 
Revolotean los recuerdos en su cabeza; siendo pequeño, venía con toda la familia a La Pavera, una playa fluvial a las afueras de Aranjuez, a pasar el día; el rio bullía de risas, de chapuzones, después la tortilla, los pimientos, el vino y la gaseosa a la hora de comer. Ahora el padre Tajo anda escaso de fuerza, desciende manso, es normal; mucho más arriba, en Entrepeñas, un ramal se desvía hacia Murcia para abastecer las tierras secas, los verdes campos de golf, por aquí las huertas se resienten también, tienen sed.
 
Aranjuez es un vergel creado en torno a este rio, a decir verdad dos, pues también está el Jarama que dejando atrás el Real Sitio se junta con el anterior. Debido a la bajada considerable de caudal, el agua se ha vuelto turbia, no corre con esa alegría de antaño, ha desaparecido ese lugar de esparcimiento, esa playa mesetaria que fue a la sombra imponente de la yeguada real, un caserón con la prestancia de un verdadero palacio erigido para los equinos regios.
 
Si todo volviera a ser como antes, florecerían los merenderos, vendrían las familias, el barco turístico se pasearía sin tener que arrastrar el fango del lecho; todo el mundo saldría ganando, el pueblo tendría más vida, más contento.
 
No sé si sería igual porque el caudal de la vida no vuelve, pero se debería intentar  ya que se habla tanto de sostenimiento y ecología, tendría que lograrse una solución para llegar a buen puerto.
 
Las sombras se han adueñado de las riberas, los patos se han acostado, el perro y la dueña se han marchado, el rio sigue su curso, igualito que lleva haciendo desde tiempo inmemorial, hasta casarse con el mar; él tiene futuro, nosotros nos marcharemos, él seguirá discurriendo bañando las orillas frondosas y habrá otros que se deleitarán mirándolo.
 
GREGORIO GIGORRO
GREGORIO GIGORRO
"La ribera"
Gouche sobre papel
Firmado y fechado 1990
Medidas:  38 x 25 cm



En Aranjuez a 28 de junio de 2015
 
 
 

jueves, 25 de junio de 2015

Almibar


Melocotones más sabrosos, con un aroma penetrante y una verdadera frescura que te lleva hasta la infancia, ninguno como los de La Puebla de Montalbán, de cerca quedan los de La Vera, es cierto.
 
No digo que sean mejores ni peores, pero a mi los primeros me sentaron tan bien que claro, repetimos.
 
Es un pueblo situado camino de Talavera desde Toledo, la carretera flanqueada por un polígono como cualquier otro, no da motivos para pararse, pero un alto chapitel de pizarra como los de la Plaza Mayor o el actual Ministerio de Asuntos Exteriores de Madrid, hizo que nos miráramos y sin hablar dijimos, porqué no; luego resultó una iglesia de un barroco sobrio por fuera y por dentro con una decoración desbordante que llena todo el templo, cuajado de una pintura decorativa sorprendente y unas tallas estupendas.
 
A pie bajo los rigores de agosto, con escaso arbolado, nos adentramos dejando a la derecha un convento soberbio, del mismo estilo que el anterior, hasta llegar a la plaza, porticada, de proporciones modestas, adornada con una farola importante en el centro, preparada para la celebración de una corrida y presidida por la fachada de la iglesia y el palacio de los Alba, con acceso directo al anterior mediante un arco airoso,  de medio punto. Sentados en el templo sientes el fresco  y el silencio contemplando el retablo mayor del siglo XVIII sin policromar.
 
Bajo el arco antes mencionado encontramos una calle que baja donde se levanta un hospital antiguo al cual le antecede un jardín primorosamente cuidado; la iglesia está decorada con buenos cuadros  y rejería, también barrocos, es otro lugar de calma.
 
Subiendo la cuesta detrás de la Parroquia nos topamos con el Convento de monjas, construcción sobria y renaciente deudora del hospital Tavera en la capital, hasta llegar a la Torre de San Miguel ahora desangelada, en un extremo del jardín, desde este  altozano se  domina todo el pueblo  y la campiña sembrada de vides y frutales.
 
Pero La Puebla es mucho más que lo que os he relatado, Fernando de Rojas nació aquí, si, el autor de la Celestina; precisamente mientras comíamos nos enteramos del festival que se le dedica cada verano rememorando en distintos puntos del lugar la obra del escritor; muchos de sus habitantes participan de esta fiesta además de los profesionales organizadores  y protagonistas de dicho evento. Aparte existe un Museo dedicado a su obra, visitable por supuesto.
 
Me parece una iniciativa loable, pues no todos los lugares pueden presumir de haber contado entre sus vecinos con un autor de su talla; hace años asistí a una representación de la Celestina en el Odeón de París y sin embargo nunca había estado en su patria chica.
 
La comarca da para mucho, al igual que muchísimas otras de nuestro país; dejamos atrás la blancura de sus casas, el regusto de sus embutidos, frutas y la tranquilidad hallada y nos encaminamos hacia el sur, a los Montes de Toledo, dejando a un lado Santa Maria de Melque y enfrente el Castillo de San Martin de Montalban, muy ligado a la  Orden del Temple sin dejar de pasar a saludar al Padre Manuel de San  Martín.
 
Así continuaremos perdiéndonos y encontrándonos en lugares que no son evidentes ni rutilantes, pero que rezuman otro sabor.
 
GREGORIO GIGORRO
GREGORIO GIGORRO
"Boceto taurino"
Tinta sobre papel
Firmado y fechado en 2015
Medidas: 30 x 41 cm




En Aranjuez a 26 de junio de 2015
 
 
 
 
 
 
 
 
 

domingo, 21 de junio de 2015

La música


Suenan los acordes suaves y envolventes de un piano..."Mi unicornio azul ayer se me escapó, pastando lo dejé y desapareció", cantaba Pablo Milanés, sus miradas vidriosas se cruzaron sintiendo lo mucho que habían dejado por el camino.
 
La noche era estrellada y calurosa, ella sentada con su tripita de buena esperanza, escuchaba el pasodoble "Suspiros de España", ¿quieres bailar conmigo princesa?, eran las fiestas de San Lorenzo, año 1997. En el Escorial retumbaba solemne el órgano hasta la linterna de la cúpula, cogidos de la mano, el vello como escarpias y un único nudo en la garganta de ambos.
 
La sala tenía color ámbar, llena a rebosar, solamente el organista aparecía enmarcado en amarillo, nos deleitaba con piezas de Bach, aquella mañana de sábado esplendorosa; también lo eran aquellas tardes cuando tú ponías los conciertos de Brandenburgo, mientras tomábamos un té chino, nunca lo olvidaré.
 
Vestidos de gala ocuparon sus asientos, la orquesta anunciaba el espejo plaza, por el albero desfilaban los toreros, las cuadrillas... todos los oropeles de una fiesta extraña que les sigue emocionando. ¡Qué se le va a hacer!
 
Llegaron a aquella luminosa galería mexicana, un cuarteto consiguió que la velada resultara aun más bella para aquellos jóvenes de verdad, repletos de ilusión; eran unos recién casados.
 
La banda de Jazz inundaba el club parisino de la calle Saint Domeniqe y él se siguió emocionando como con el resto de París; lo mismo le sucedió hace ocho días en Santa Bárbara de Madrid en una boda, llena de gente guapa y otra vez, otro cuarteto puso la nota imponente a la ceremonia.
 
La música emociona, conmueve, te hace bailar, vibrar; te eleva a otro plano, superior sin duda, ¡abre bien tu corazón, a través de él te nutrirás con lo mejor del mundo!
 
¡Qué empiece la fiesta, qué corra por todos los rincones la música!, un festejo sin ésta es soso, hueco, cojo, sin ninguna gracia, ¡viva la música por siempre!
 
GREGORIO GIGORRO
Gregorio Gigorro



Aranjuez a 21 de junio de 2015

En el día internacional de la Música
 

sábado, 20 de junio de 2015

Ocaña


Si te desvías de la autopista cruzando un puente por debajo, te internas en una carretera secundaria torcida y retorcida de curvas, a la sombra de un pinar donde hay escondida una piscina para aliviarte de los calores veraniegos al son de las incansables cigarras; al otro lado un vallecillo con una ermita donde se venera una imagen de Cristo y cerca una fuente soberbia para calmar la sed y escuchar corretear a los niños sobre el pedregoso pavimento, más arriba, descubrir la fuente grande, un conjunto clásico imponente, llevado a cabo bajo la dirección del mismísimo Herrera, el arquitecto de El Escorial; eso ya te da idea del lugar que pisas, desde allí el pueblo te mira desde lo alto, sereno sobre el llano donde se asienta; destacando la torre de San Martín y de Los Remedios. Ya en la villa pasear es un gusto por la tranquilidad de sus calles y la sobriedad castellana de sus edificios, que no dejan ver lo que albergan en sus interiores.
 
Ocaña existió desde tiempos inmemoriales como lo atestiguan los vestigios guardados en el Museo Arqueológico, aunque fue durante el medievo bajo la Orden de Santiago cuando empezó a tener preponderancia, fue escenario de las luchas por el trono entre Isabel de Castilla y su hermanastro Enrique de Trastámara, fue precisamente aquí donde se fraguó su matrimonio con Fernando de Aragón, mucho más tarde estudió Lope de Vega en el lugar que actualmente ocupa el teatro, fue visitada por Juana de Castilla de cuya casa se conserva solamente la fachada.
 
Para muestra de su grandeza basta con admirar el palacio de los Cárdenas, hasta llegar a la Plaza Mayor comparada con las de Madrid y Salamanca, continuando con los conventos que siguen en pie; el más majestuoso es el de los Padres Dominicos, que posee un hermosos claustro renaciente o la iglesia de Santa María la Mayor justo al borde del barranco.
 
La villa posee una belleza sobria y rotunda, muy manchega, el trato de su gente es afable, se come bien, hay lugares para el sosiego a dos pasos de la carretera general; desgraciadamente muchas personas pasan de largo, es mucho más que un cruce de caminos y una cárcel.
 
Toda esta grandeza se para en seco al otro lado de la que fuera la calle con dirección a Cuenca, pues a la derecha de esta, se extienden barrios que nunca han sido habitados mayoritariamente, como resultado de la burbuja inmobiliaria, dejando un  paisaje desolador, aunque el casco histórico no ha escapado tampoco a ese expolio, con todo, los despojos siguen siendo reseñables.
 
Tomando un refresco en una de las terrazas de la Plaza Mayor se sentían en un patio de vecinos aunque enorme, escuchando los gritos de los niños, los chasquidos de los vasos y esa quietud que da ese conjunto tan español y mesurado, bajo la luz del cielo que va declinando y poblándose con las piruetas de las golondrinas mientras su amigo Juan les dice:  "Quedaros a merendar, ¡Se está también aquí¡"

GREGORIO GIGORRO
Plaza Mayor de Ocaña (Toledo)
Foto: Pilar Cuns
 
 

 

jueves, 18 de junio de 2015

Su perro


No perdía detalle de la conversación de al lado; percibía en esa voz dulce y quebrada, mucho disgusto, una pena profunda; le relataba calmadamente su vuelta de un entierro de un ser querido, cuyos restos incinerados había depositado en el cementerio.
 
Cómo olvidar tanto cariño, tanta abnegación y fidelidad, en tantas horas de soledad, de vacío interior, a fuerza de lametones, de caricias sin esperar respuesta, de recibimientos ruidosos cada día de regreso a casa.
 
Pero el tiempo también paso factura al animal, que se volvió torpe de movimientos, sordo y casi ciego; ella se deshizo en atenciones, no era para menos, llevándole a los mejores veterinarios, pero ni por esas; su perro se encontraba desganado, le costaba un mundo llegar hasta el parque, ya no quería jugar con otros de su especie, ni hacer fiestas a los niños que allí jugaban, mayormente con sus abuelos.
 
Un día no mostró nada de apetito, sus ojos estaban apagados, su cuerpecito despedía un mal olor. Ella se empezó a preocupar seriamente, pero tenía que ir a trabajar; le dejó al cuidado de una buena amiga. Contaba las horas de la vuelta, durante toda la jornada estuvo pendiente del teléfono, menos mal que no sonó. A la llegada, el perro no salió a recibirla, estaba medio adormilado y por un momento se le iluminaron los ojos mientras le acariciaba, poco duró,  estaba esperando a su dueña, para irse sin hacer ruido, pero tranquilo por haberla visto.
 
Qué curioso, hay primos que no veo hace años, ha pasado una semana de la muerte de un compañero debido a un accidente de tráfico  y sin embargo ninguno de los dos casos me ha afectado ni la mitad. ¿Qué me vas a contar?, mi hijo mayor cuando viene al pueblo siempre se olvida de venir a ver a sus padres y a su hermana, por contra tenemos una gatita que todos los días, nos espera en la puerta; vivir para ver, le dijo la vecina de su asiento.
 
 
GREGORIO GIGORRO
GREGORIO GIGORRO
Abanico
2015
En Aranjuez a 18 de junio de 2015

domingo, 14 de junio de 2015

Galicia



Como todas las tardes, Paquito después de ir a la escuela subía la cuesta que le llevaba al prado, cerca del bosque umbroso; iba escoltado por una manada de caballos, sólo tenía siete años, aquel niño se ocupaba de esos y otros menesteres en la aldea gallega donde nació. Como siempre se sentaba sobre un pedrusco desde donde se divisaban las lomas redondas y verdes que tenían como telón de fondo la playa de Carnota, a veces vislumbraba por donde venían los barcos de América, ese lugar desconocido y fascinante para él.
 
Aquella tarde estaba bañada por un sol caliente y pegajoso que además picaba; mientras jugaba a tirar piedras, cuanto más lejos mejor pues su perro se divertía sin descanso en ir a buscarlas y traérselas a su dueño si las encontraba entre la hierba. Los caballos ajenos a sus devaneos infantiles pastaban plácidamente, el cielo se iba oscureciendo debido a los nubarrones gordos y negros, hasta tal punto que oscureció completamente, a la vez empezó a soplar un fuerte viento que despeinaba con furia a los pinos y eucaliptos; de pronto empezó a tronar, llegaron los relámpagos y los rayos que por momentos iluminaban con violencia el inmenso firmamento; los caballos comenzaron a  ponerse nerviosos, yendo de un lado para otro y el niño desvalido empezó a asustarse, sin poder buscar ayuda. A los animales no se les podía dejar solos le había dicho siempre su familia.
 
Así el cielo se  rompió en un diluvio y el rio Jallas comenzó a desbordarse; corrió a guarecerse con los caballos al frondoso bosque, los  rayos no cesaban, los árboles caían a su alrededor y el pobrecillo calado hasta los huesos junto a su perro; preso del miedo permaneció completamente quieto  y con los ojos encendidos.
 
De pronto, una voz rotunda salió de entre la maleza, como si estuviese en una cueva, "No te preocupes, nada malo te va a suceder", Paquito se quedó boquiabierto buscando al dueño de aquel vozarrón.
 
Al  rato, largo más bien o eso le pareció a nuestro niño, las nubes se disiparon dejando paso a un sol resplandeciente y todo volvió a brillar como cuando llegaron los caballos, el perro y él hasta el prado; poco le importaba la reprimenda que le iba a echar su madre por llegar tarde.
 
Colorín colorado este cuento se ha acabado.
 
Dedicado al abuelo Paco.
 
GREGORIO GIGORRO


En Aranjuez a 14 de junio de 2015
 
 
 

jueves, 11 de junio de 2015

La vuelta



La lluvia no daba tregua aquella mañana de sábado, desde que llegó, la plaza era un hervidero de transeúntes; disfrutaba de la vista, no parecía tener prisa, se pidió otro café a la vez que ojeaba la prensa distraídamente, levantó la cabeza observando aquel trajín humano, de los descargadores de mercancías en los bares aledaños, las señoras que se dirigían a la iglesia, jóvenes haciendo footing, otros más mayores charlaban bajo los soportales..., de pronto fijó su mirada en una pareja; el hombre más alto que ella le rodeaba con su brazo mientras con el otro sostenía un paraguas que cerró en el instante justamente cuando se percató de su acompañante.

¡No lo podía creer!, era su mujer y estaba con un desconocido; le subió por la garganta un sudor frio hasta la coronilla, dejándole boquiabierto, petrificado.
 
Ella le sonreía, llevaba un corte de pelo rejuvenecedor, un atuendo desenfadado; él parecía algo más joven, de complexión atlética, también le correspondía. Ambos llevaban chubasqueros, rojo el de ella y azul cobalto el de su pareja, zapatillas deportivas, los dos preparados para dar un paseo.
 
Cristóbal pensó: "Qué curioso, antes no le gustaba el mal tiempo y mucho menos el deporte".
 
Se sintió aturdido, torpe de movimientos, sin saber que hacer, como si la silla estuviera pegada a la plaqueta hidráulica de curiosos colores extendida a lo largo de todo el establecimiento.
 
La pareja desapareció de su vista; la voz del camarero, le sacó de su ensimismamiento, ¿quiere tomar algo más?, un brandy por favor, le respondió; al servirle, se lo tomó de un trago, volvió a abrir los periódicos, como si dentro estuviera la respuesta a ese jarro de agua fría que había recibido.
 
Volvió caminando a la estación, acompañado todo el trayecto por la pertinaz lluvia, esperó abatido como si le hubieran dado una paliza a la salida del autobús de vuelta. Acomodado en su plaza, enseguida le invadió una somnolencia, cayó vencido pensando que hacer, al compas del chorreo monótono del agua a través de la ventanilla y del suave traqueteo del vehículo.
 
Con certeza, no supo el tiempo transcurrido, un golpe seco en el maletero le sacó del sueño. Perdón, le dijo la propietaria del bulto, ¿me puedo sentar aquí?, él, perplejo  y todavía adormilado se hundió en sus ojos grandes y verdes, me llamo Ana, le apetece tomar un café, el autobús para media hora aquí, así podría estirar las piernas y tomar un poco el aire
 
 
GREGORIO GIGORRO
Tablero para mesa
Acrílico y tinta sobre tabla
Firmado y fechado en 2015
Medidas: 90 x 90 cm



En Aranjuez a 12 de junio de 2015