domingo, 24 de marzo de 2013

El hallazgo



Se  equivocó el gorrión, no era la primera vez que eso sucedía, mucho antes, fue la paloma como nos contó Alberti; las grullas a veces se retrasan cuando viajan a otras latitudes más cálidas o las cigüeñas adelantan su regreso, quizá porque les despista que el invierno acabe antes. Todo parece estar patas arriba, hasta las jirafas a veces pierden su sentido de la orientación, junto con los elefantes, las gacelas y otros animales de diferentes especies.

La atmósfera está revuelta, el ambiente caldeado; mientras tanto, mi mirada seguía las  evoluciones del pajarillo a través de la inmensa nave de la gran superficie, se diría la de una catedral actual, imponente y desangelada, colocada siempre al final de cada ciudad, llena a  rebosar de todo tipo de artículos para  consumir, para pasear, para mirar y que te miren en cualquier tarde de cualquier domingo gris. Pues el lugar donde se había perdido nuestro gorrión era el centro sociocultural de nuestro tiempo, es decir un centro comercial, de esos que proliferan como setas por doquier; espacios donde los niños juegan o realizan  talleres mientras los padres hacen la compra y en el mejor de los casos se relajan porque un centro como debe ser, además de supermercado, dispone de tiendas de todas clases, también posee gimnasio, cines... hasta en algún caso de librería, os lo aseguro.

Entre tanto el pobre revoloteaba sobre todos los estantes, desde la comida a las plantas pasando por la confección, a la sección del hogar hasta chocar con la inmensa cristalera que daba a la avenida, sin lograr dar con la tecla, quería decir con la salida.

Los hipotéticos clientes deambulaban sin percatarse de la presencia de tan delicado ser y éste seguía planeando sobre todo tipo de bebidas, de enseres de limpieza, fundamental en un mundo tan aséptico como el nuestro; por encima de las vitrinas donde yacían desplumados montones de aves, de pescados vestidos de hielo, pasando sobre miles de caramelos, de tartas, de interminables hileras de ropa y de un sinfín de flores, plantas y macetones, además de utensilios para el jardín, esperando mudos a cambiar de sitio.

El pajarillo, sobre toda esta multitud de cosas de llamativos colores, parecía aturdido, de  vez en cuando piaba pidiendo ayuda sin obtener respuesta; para más inri la nave aparecía  iluminada  por cientos de bombillas, creando en él la ilusión de la luz solar,  despistándole aún más.

Mientras, abajo una pareja paseaba con su retoño, no debía de tener más de tres años, los padres miraban los precios de los productos antes de introducirlos en el carro de la compra; el niño alzando sus ojos descubrió al pajarillo, a estas alturas casi mareado de tantas idas y venidas.

El niño tiraba de la manga del padre, éste tan absorto en su quehacer, no le prestaba atención, sin embargo el gorrión, si que respondió a la llamada de Andrés, asi se llamaba el pequeño pues a pesar  del ruido de la música ambiental distinguió su vocecita aguda y amiga; de repente se posó sobre su cabecita y de ésta saltó a sus manos, con delicadeza le acarició y el pajarillo  respiró por fín tranquilo.

Ufano como estaba le dijó a sus padres: "Mirad lo que tengo", ahora él le prestó atención respondiéndole: "Hijo te he dicho siempre que no se coge nada que no sea tuyo".

GREGORIO GIGORRO
GREGORIO GIGORRO
"La familia"
Acrílico sobre cartón
Firmado y fechado en 2.013
Medidas: 35 x 50 cm



Aranjuez, 24 de marzo de 2.013