domingo, 16 de diciembre de 2012

A correr


No pierdas tiempo, es urgente que no dejes escapar un solo segundo. ¡Hay una verdadera conspiración contra la vida!, y ésta es lo único que tenemos, por eso no debemos desperdiciarla por menos de nada. Existen multitud de cosas placenteras que se te escapan sin darte cuenta, que están ahí, al alcance de tus manos, de tus ojos...

Nadie puede impedir que veas el rocío en una hoja de hiedra, el sol en tu cara al atardecer, el gusto del agua sobre tus pies, en un ir y venir de las olas del mar; las miradas que se cruzan con otras  miradas, llenas de chispa y complicidad, siempre diferentes; el fuerte abrazo y el apretón de manos que son más que un documento notarial. Miles de pequeñas cosas  que importan mucho para que vivir sea más agradable, te están esperando.

¡Párate y disfruta!, cada instante es único e irrepetible, no pretendas agarrar una pompa de jabón, pues sería en vano. Si te caes cien veces, levántate otras tantas con más fuerza, si vas hacia atrás, es para tomar carrerilla; pero pase lo que pase, no dejes de sonreir nunca. No es un valor que cotice en bolsa,  pero es la mejor arma para dejar sin recursos al otro.

Los mejores momentos de mi existencia han sido gratis, nunca gratuitos.


Gregorio Gigorro
GREGORIO GIGORRO
"A correr"
Óleo sobre lienzo
Firmado y fechado en 2.012
Medidas: 19 x 61,5 cm


Aranjuez, 16 de diciembre de 2.012

P.D: ¿Te has fijado alguna vez en los paseo nerviosos de las hormigas? Inténtalo, ellas también viven bajo el sol.


jueves, 13 de diciembre de 2012

Una tienda particular


De un tiempo a esta parte se oye con frecuencia decir: "Me duele la cabeza o qué mala cabeza tengo, voy de cabeza..."; medio mundo anda desquiciado, basta con dar un paseo a pie o en cualquier medio de locomoción  para comprobar lo que os digo. Las personas deambulan sin verse, con la mirada perdida, absortos en sus cuitas, la gente está crispada; se usa el claxon a la primera de cambio, se grita mucho; mucho ruido y pocas nueces es la tónica reinante por estos lares.

Las buenas formas se encuentran de capa caída, demasiadas personas se extrañan si les saludas  por la calle o  pides algo por favor... Actualmente puedes tener miles de amigos virtuales y sin embargo no conocer al vecino del piso de arriba. El número de niños de padres separados es grande teniendo en cuenta la escasa natalidad, y es que casi nadie aguanta a nadie. La autoridad de los padres brilla por su ausencia en favor de niños consentidos y poco preparados para llevar algún día las riendas de sus vidas; vivimos en un mundo al revés.

Pensando en emprender un negocio, me devané los sesos, a punto estuvo mi "azotea" de salir echando humo, cuando por fin, di con la tecla.  Yo ofrecería algo distinto a los demás: ¡Abriría una tienda de cabezas, sí, como lo oís! Examinada la situación, viendo este mundo resquebrajarse, lleno de prisas, donde no se sabe si se va o si se viene, se sube o se baja; en definitiva sin norte alguno, lo mismo que se cambia de casa o de coche, ¿porqué no cambiar de cabeza?, para mejorar, claro.

Habría que hacer una limpieza exclusiva a cada cliente para que éste encontrara el mejor modelo de  testa; al mismo tiempo montar un gabinete para recuperar el sentido común, el más común de los sentidos brilla por su ausencia; deberíamos reinstalar de una vez por todas los principios que han regido nuestra vida, dando importancia al esfuerzo, a la voluntad, al riesgo, a la ilusión y a la creatividad.  A ser menos individuos y más personas, nos necesitamos los unos a los otros, porque todos estamos condenados a entendernos desde el respeto.

Por supuesto, para iniciar un  negocio sea el que sea, se necesita solventar muchos trámites: la elección de un lugar idóneo, bien situado, una llamativa publicidad, un capital...¡Qué sé yo!, un sinfín de vericuetos que hay que sortear para llegar a buen puerto y en eso estamos.

Verdaderamente que razón tenía Ortega cuando decía: " Lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa, por eso nos pasa lo que nos pasa".


Gregorio Gigorro
GREGORIO GIGORRO
"A borbotones"
Tinta china y acrílico sobre cartón
Firmado y fechado en 2.012
Medidas: 37,5 x 26,2


En Aranjuez, a 12 de diciembre de 2.012.




domingo, 2 de diciembre de 2012

Cosas que nunca te dije



Ya no estás entre nosotros, te has marchado definitivamente; pero yo, tu sobrino, te recordaré siempre porque desde muy pequeño estuve con vosotros, contigo y con el tío. Como mis padres tenían que trabajar les ayudabais a cuidar de su primer retoño, así empezasteis a ser un poco padres conmigo siendo aún novios.

¡Qué guapos estabais el día de vuestra boda, camino de la iglesia! Tú esbelta, sonreían tímidamente tus ojos verdes bajo el moño recogido en una diadema, él apuesto y sobrio como siempre fué. El evento quedó deslucido por la muerte de tu suegra, por ello en casa de los abuelos obsequiasteis a los pocos invitados a tomar limonada y pastas; sobraron muchas que se guardaron en la bodega, mis viajes a ésta se prodigaron bajo la mirada pintada del caballo de cartón fallero y las enormes tinajas que parecían vigilar mis visitas para endulzarme con los borrachos, pastel delicioso, muy pero que muy dulce. Cada vez que me como uno de ellos, me acuerdo de aquel día todavía.

Recuerdo tus regañinas porque no quería echarme la siesta, también cuando nació mi hermana mientras estábamos en casa de los abuelos en aquella blanca y fría mañana de enero.

Cómo olvidar  aquellas nochebuenas, comiendo el pavo recién cocinado, criado por la abuela, habiéndole visto antes desangrarse sobre el barreño de barro salpicado de humeante sangre; también cuando íbamos al campo a recoger la aceituna o la uva, todos juntos y contentos. Aquellas vacaciones en la Casilla donde vivíais cerca de Aranjuez, a la que he vuelto muchas veces, tú lo sabías; ahora ahogada por una fría y rápida autopista. En ese mismo lugar, siendo yo un niño, había un vivero repleto de magnolios y un sinfín de plantas, un arroyo justo al ladito donde nos bañabamos y un lilo aún costado de la casa y sobre todo mucho silencio.

Cómo olvidar los paseos en la Vespa del tío, tomando la curva de la calle de San Antonio, bajo los tilos. Me acostumbré al olor de la gasolina, a los umbrosos paseos, a los arroyos que discurrían bajo los centenarios plátanos, al perfume de los magnolios... Aquellas comidas en familia, a la sombra de las moreras todos juntos cuando aún vivía el abuelo, son inolvidables. 

En aquella época, todo, todo era más intenso: el olor a tomate recién cortado, el calor de una tarde de verano, el barro cuando llovía, el aroma del aceite sobre un trozo de pan, tus ojos verdes, tu risa, tu voz. Ahora todo eso se ha apagado; me fui a despedir de ti, a uno de esos sitios horrendos, tan a la moda en nuestro tiempo, donde se pierde toda intimidad y recogimiento.

Habrá que acostumbrarse a tu ausencia, ya no volveré a escucharte, a besarte, tu forma áspera y sincera de contar las cosas ha cesado. Pero yo te llevaré conmigo mientras viva, porque tú, me enseñaste mucho cuando era un niño. La infancia es el saldo de mi vida, y eso, no es moco de pavo.

A mi tía Alicia. 


Gregorio Gigorro
GREGORIO GIGORRO
"El paseo"
Tinta y acrílico sobre papel
Firmado y fechado en 2.012
Medidas; 42 x 29,5cm

Aranjuez, 2 de diciembre de 2.012

domingo, 25 de noviembre de 2012

Empaque


El viajero se detuvo frente a una fachada elegante y sobria de color hueso bajo el balcón central, la enorme  puerta entreabierta le invitó a entrar, descubrió un gran zaguán dividido en tres espacios, el más ancho que le hablaba de tiempos lejanos; sin duda  era el paso de carruajes, -¡cuántos habrían surcado esas losas desgastadas, esos vehículos repletos de equipajes llegados hasta aquí!- Más adelante, un arco de medio punto rebajado enmarcaba una fuente bien labrada en piedra con varias pilas decrecientes, situada en un patio cuadrado, donde convivían aparatos de aire acondicionado, tenderetes de ropa, persianas de diferentes colores...

A la izquierda del zaguán, nacía una ancha escalera con marchas que hacían cómoda la subida bajo arcos airosos, dejando entrar la luz plomiza de aquella mañana lluviosa, así llegó al piso noble que a través de una balconada alrededor del patio se asomaba a éste y permitía disfrutar de la cornisa rotunda de casetones que lo rodeaba. Pensaba, -¡qué hermoso debió de ser todo esto!-, ahora con desconchados en las paredes descoloridas, los ventanales maltrechos y tantos otros desperfectos.

Sentía de golpe ecos venidos de lejos, cuando el palacio estaba en su apogeo y se celebraban las fiestas a la luz de multitud de velas, la música, el baile, las risas de los invitados, el ir y venir de los lacayos; cuando en primavera se festejaban en Aranjuez las Jornadas Reales y los Duques de Medinaceli, dueños de este palacio acudían con los de Alba, Oñate, Osuna y otros, para disfrutar de los eventos preparados para su solaz.

Aranjuez, cada mes de marzo era una fiesta y una cita ineludible para la aristocracia española, donde compartían mesa y mantel los nobles con los artistas, la sociedad más refinada de la época al servicio de sus majestades no podía faltar y debía estar a la altura de su rango, para lo cual el despliegue de medios era todo un espectáculo; un verdadero ejercito de servidores, de proveedores se desplazaba para suministrar todo tipo de mercancias a tal efecto. 

Con el paso del tiempo las velas se apagaron, cesaron las risas y los conciertos con los mejores cantantes de ópera, se acabaron los paseos por el Tajo a bordo de lujosas falúas y también toda aquella llegada de mercancías para disfrute de unos pocos. Todo aquel lujo desapareció y aquellos edificios se fueron transformando en casas de vecinos como éste, otros se convirtieron en establecimientos de hostelería y alguno cuesta creer lo que en su día fueron. Con todo, uno puede adivinar lo que debieron de ser a juzgar por el empaque que aún conservan a pesar de la decadencia actual. Es una verdadera pena comprobarlo, se echa de menos una mínima sensibilidad hacia un patrimonio único que debería preservarse, pues estamos hablando de un lugar que nada tenía que envidiar a Versalles como centro de belleza y poder, que bien conservado sería un reclamo de visita obligada para aquellos que valoramos la hermosura en sentido más amplio.

Gregorio Gigorro
GREGORIO GIGORRO
"Globos sobre Aranjuez"
Tinta sobre lienzo
Firmado y fechado en 2.010
Medidas: 30 x 60 cm



Aranjuez, 25 de noviembre de 2.012

viernes, 16 de noviembre de 2012

A la vera del Divino Morales



El viajero se sentó rodeado de hermosura, colgado de las paredes se encontraba el esplendor del renacimiento español pintado: obras de Correa de Vivar, Juan de Juanes y Luis de Morales llamado el Divino con toda justicia debido a sus obras de asunto religioso.

Muy poco le importaban las influencias flamencas e italianas que le hablaban de la impronta de Sebastiano del Piombo, Cesare da Sesto o Fra Bartolomeo..., de su formación sevillana; no hay que olvidar que Sevilla era una ciudad rica en el sentido más amplio, a ella llegaban tanto el oro de América como poderosos banqueros y comerciantes así como un nutrido grupo de variopintos artistas para trabajar en dicha urbe. Como tampoco se debe olvidar la difusión de los grabados y dibujos de Alberto Durero, ni la obra de Pedro Berruguete, impregnada de la corte de Urbino y la llegada de artistas como Paolo de San Claudio a Valencia, traído de la mano de Rodrigo Borja, después convertido en papa con el nombre de Alejandro VI.

Todo eso, quedaba lejos para él, aislado en una isla de la belleza, sabiéndose solitario, rodeado del ajetreo propio de la ciudad, transtornada por una jornada de huelga general. Sin embargo, viendo detenidamente la obra de Luis de Morales, le venía el recuerdo de aquel día en que una amiga, le mostró en su casa una anunciación del autor; quedó fascinado por la sencillez, la dulzura y el equilibrio a un palmo de sus ojos. Aquella imagen le obsesionó y aunque con posterioridad había disfrutado de un montón de maternidades, siempre volvía a aquel cuadro, "La virgen con el niño", era un derroche de ternura, de paz y de equilibrio; ahora solo y solamente con los ojos del alma se deleitaba ante aquella obra maestra que el paso de los años no había logrado pasar por alto, al contrario le seguía atrayendo como un imán sobre el resto, y hacer esto en el Museo del Prado le parecía una absoluta incosciencia; sobre todo sabiendo que estaba detenido frente a una obra de un pintor que nunca fue considerado de primera fila según los eruditos, pues le adjudicaron el calificativo de "manierista".

El sentía que los datos era conveniente saberlos pero a la postre no importan demasiado, cuando lo fundamental es el placer de gozar de algo sencillamente hermoso.

No es de extrañar que un monarca como Felipe II heredero del Concilio de Trento entre otros muchos legados quisiera conocer a este artista cuyo trabajo le venía como anillo al dedo para despertar la devoción que preconizaba la contrareforma, comenzada por su padre el emperador.

GREGORIO GIGORRO
GREGORIO GIGORRO
Boceto para plato
Acrílico sobre papel de embalar
Firmado y fechado en 2.012



Aranjuez,  17 de noviembre de 2.012

domingo, 28 de octubre de 2012

La rata Tata en el museo


A punto estuvo de reventar Tata, después de darse aquella gran comilona, por fin se había zampado aquel cuadrito; se trataba nada menos que de un retrato de una princesa, de esos que encargaban cuando se iniciaban los tratos de matrimonio entre príncipes de otras épocas.

Nuestro animalillo peludo se quedó prendado de aquella belleza risueña, desde que la descubrió en el desván del museo, donde tantos otros cuadros esperaban para ser limpiados. Ella se quedó bizca, ¡qué retrato tan lindo! "Se decía", ¡qué cuello tan esbelto!, ¡qué primor! Su mirada parecía perseguirla, "Me la comería enterita"; ¡oye, dicho y hecho! Era un decir, porque como es lógico, se tomó su tiempo. 

Poco después de nacer nuestra ratita, toda su familia se había mudado al museo, para tener otro "aire", decía el padre, aconsejado por la otra parte de dicha familia que vivía muy cerca en otro edificio de mucho postín. En el Museo se podrían empapar tanto de cultura como de comida ya que contaba con una amplia cafetería frecuentada diariamente por una caterva de turistas. Lo cierto es que Tata se encontraba en su salsa, desde muy pronto mostró una gran atracción por la actividad artística y enseguida averiguó todos los vericuetos de aquel templo de la belleza.

Nunca pensó que esa atracción se convertiría en su auténtica obsesión, sobre todo cuando descubrió en el taller de restauración el retrato que quiso hacer suyo, sólo suyo; después de ver todas las obras colgadas de los muros desde su mirada a ras del suelo, toda vez que el museo quedaba desierto, no había duda, la elegida era la mejor, parecía olvidada, sola y desvalida; nadie la echaría en falta.

Noche tras noche, la empezó a echar el diente, roe que te roe, y poco a poco veía como aquella princesita paulatinamente iba desapareciendo, primero por el fondo, después por los trozos del vestido, los rizos, continuando por los párpados, la mirada chispeante... 

Todo aquel ser representado viviría dentro de un animal peludo tras el largo invierno. Así el marco construido por dos columnas clásicas a ambos lados, coronado por un frontón, todo ello dorado al agua,  quedó como único testigo de lo que un día enmarcó: ese instante pintado que parecía eterno. Quizá algún día alguien se devanaría los sesos pensando que pudo albergar aquello.

No sé, no sé... La vida frecuentemente nos sobrepasa; Las andanzas de aquella ratita incansable a lo mejor, sólo acababan de comenzar.



GREGORIO GIGORRO
GREGORIO GIGORRO
"Veo, veo"
Tinta china y acrílico sobre cartón
Firmado y fechado en 2.012
Medidas: 35 x 25 cm

Aranjuez,  28 de octubre de 2.012




sábado, 13 de octubre de 2012

El sueño de la princesita



Desde su más tierna infancia,  Eva creció entre algodones y sedas, teniendo a todo el mundo a sus pies, prodigándole su más ferviente devoción, pues era la princesa, llamada a regir el destino de su pueblo, del cual estaba totalmente apartada; su vida trascurría en un ir y venir a los palacios de sus padres, a cual más hermoso; aunque de todos ellos la niña prefería con diferencia uno situado al borde de un río caudaloso, cuyas orillas estaban pobladas por recios árboles y bellísimos jardines repletos de paseos, con un sinfín de flores y fuentes monumentales. La llevaban a montar a caballo bajo la sombra de los plátanos, a navegar en falúa escuchando los solos del mejor cantante de opera del momento; todo para suavizar la férrea educación a la que estaba sometida la princesa, pues algún día se convertiría en reina. Sus viejos padres con frecuencia le decían: "Tú, tendrás que lidiar con una herencia portentosa".

La niña, de todo esto no comprendía nada, sin hermanos con los que jugar, se entretenía con las muñecas o con hacer volar a las cometas o hacer navegar a los barquitos en los estanques; pero nunca dejaba de soñar con volar a otros lugares, pues intuía la existencia de otros mundos, más allá de los confines de una vida demasiado encorsetada en palacio. Cada vez que abría el balcón de su habitación, sobre todo en primavera, le alegraba el gorjeo de los pájaros y se decía: "Vuelan, no paran de hacerlo y parecen contentos". Cuando paseaba con su dama, de entre las flores salían a su paso multitud de mariposas de colores, le llamaban la atención las de color naranja especialmente. Cada noche, le perseguía hasta conciliar el sueño, el vuelo de aquellos insectos y una vez dormida empezaba a correr, correr sola detrás de las mariposas hasta volver a la realidad a la mañana siguiente.

Así fue trancurriendo el tiempo que no mermó ni un ápice su obsesión por el mismo sueño, aquel que con insistencia se repetía, independientemente del lugar donde se encontrará. De poco servían las visitas de otros príncipes, de las fiestas, de los fastos, de toda la pompa que conllevaba su posición; su alteza sólo tenía una idea: "Volar sin parar".

Una buena mañana, habiendo preparado todo, salió de puntillas, sabiendo el lugar por donde pasaría inadvertida y de golpe y porrazo se dijó: "Pies para que os quiero", y corrió, corrió ... no sé cuanto, pero sí hasta que el cansancio la derrotó; extenuada se desplomó sobre la hierba a los pies de un gran plátano de sombra y se durmió como una piedra.

Llamaron  a  la puerta, al despertar la mostraron un vestido anaranjado, cubierto por montones de mariposas que recorrían volando toda la primososa prenda; se lo habían confeccionado para la cena de aquella noche, pues era su cumpleaños. Eva acababa de estrenar doce años, y sonrió.

GREGORIO GIGORRO
GREGORIO GIGORRO
"la niña  y la cometa"
Tinta china y acrílico sobre papel
Firmado y fechado en 2.011
Medidas: 35 x 50 cm



Aranjuez, 13 de octubre de 2.012