sábado, 14 de febrero de 2015

Pedro



A buen seguro, que le criaron entre algodones, fue el más pequeño, el tercero, el inesperado; vino a este mundo una primavera muy lluviosa, aquel mes de abril se calaron hasta las ideas. Creció robusto, risueño y muy juguetón, era el juguete de sus padres y hermanos, aunque un poco torpe de movimientos; empezaron a darle importancia cuando notaron que el niño no hablaba y su mirada vagaba absorta por su habitación, en el parque, en cualquier lugar..., y comenzó el rosario por las consultas de médicos de todas las especialidades, para diagnosticar su estado.
 
A pesar de todos los esfuerzos, no evolucionaba ni de lejos, como el resto de sus hermanos, deportistas, buenos estudiantes y ejemplares hijos. Pedro, seguía parado, sin parpadear, inmóvil sin dejar de mirar los trenes incansables que llegaban y partían desembuchando ríos de personas.
 
Él, continuaba en su mundo, de pie; su madre así parecía, se dio cuenta de la presencia de un hombre de mediana edad que le observaba también sin perder ripio, la mujer se le acercó y con voz cansada le dijo: "Lleva cuatro horas sin moverse, sin dejar de ver, el ir y venir de la vida, bajo la inmensa bóveda de la estación, sin esperar a nada, a nadie y tiene ya dieciséis primaveras". Debe ser muy doloroso para usted, no lo dudo y una lástima para él, podría ser mi hijo; le respondió el señor. Pero señora, continuó, este batiburrillo de gente deambulando de un lado para otro, frenética, sin respiro, sin mirarse, sin verse, ¿ Adónde creen que van, qué vacío pretenden llenar...?
 
¿Qué y a quién creen que esperan o hacia dónde van? A lo mejor, aguardan a un tal Godot y a lo peor ni siquiera lo saben.

PILAR CUNS
Gregorio Gigorro


En Aranjuez a 14 de febrero de 2015
 

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